Paila, where the cars don’t have tires and tires don’t have cars

Coahuila desert, a blanquet of dusty colors that blend with resilient millenary plants surrounded by mountains that show the textures of geological layers form of rocks that once where sediments of this enormous Space that was once a sea. Playful and mischievous dust-devils pick up the loose and dead soil creating dancing gold phantoms that disappear in seconds leaving everything just cover in dust. The sky is blue like the ocean, and one timid cloud is there just like by mistake witnessing the quietness of the burning dessert. Just before turning south to get to Parras, is Paila, a town of one restaurant, a couple of empty buildings and people that wait for the buses to stop with hungry and thirsty passengers, so they can beg for a coin or sing while playing a guitar. Everything looks like once times were better. Everything is just sleeping and waiting, full of textures and old signs, where cars don’t have tires and tires don’t have cars.  / Valerie S. Mayer

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3 thoughts on “Paila, where the cars don’t have tires and tires don’t have cars

  1. Totalmente de acuerdo. Ahora, mi visita fugaz por Paila fue con un filtro visual diferente al de hace 20-30 años, con unas ganas de absorber todo lo que veía en los 15 minutos de descanso que hicimos. Y con un lejano Polaroid mental de lo que era antes. Suma a eso la visión de Valerie, totalmente nueva de Paila y sin expectativas influenciadas por el pasado. Creo que podríamos hacer un libro entero de los tantos elementos visuales que guarda. Al final, no importa la diferencia de nuestros futuros históricos. Los elementos visuales están allí, a la vista de todos. Y todos guardan una historia. Solo hay que tomar el tiempo de grabarlos y detenerlos en el tiempo.

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  2. Roberto, gracias por tu comentario. Definitivamente debo de decir que esta imagen causó impacto en mí por los recuerdos que me trajo de aquellos pueblos pesqueros al lado de la carretera en los arenales de mi desértica costa peruana. Empezar a sentir la familiaridad desde la entrada no hizo más que afinar mis sentidos y disfrutar sin casi darme cuenta, de un viaje a un lugar cientos de veces nombrado y nunca visitado, un lugar que se me hacía familiar de entrada. Resulta que cuando chica, yo viajé mucho en bus en viajes de más de 12 horas teniendo menos de 12 años de edad. Carreteras cruzando desiertos y pueblos polvorientos en donde los restaruantes de camino eran los oasis de los viajeros, asemejaban a este pequeño pero significativo lugar llamado Paila.
    Piensa que nunca ví Parras hasta después de estas imágenes, y hoy Paila queda como un lugar mágico, casi irreal, en donde quedan abrigadas las visiones de mis propios pueblitos de carretera que aún viven en los cajones más recónditos de mi memoria. – Valerie

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